La Salvadora sonrió irónicamente y Manuel sintió que se le enrojecía la cara.
—No, no lo creas si no quieres, pero es verdad.
—Si yo no te he dicho, nada, hombre—replicó burlonamente la Salvadora.
—Ya sé que no me has dicho nada, pero te reías.
Manuel salió de casa de la Fea irritado, fué á buscar á Ortiz, y reunido con él, bajó á las Injurias.
Hacía un día de sol espléndido, una tarde templada. Se sentaron á la puerta de la taberna de la Blasa. En una callejuela que se veía enfrente, dormían los hombres tumbados á las puertas de sus casas; las mujeres correteaban de un lado á otro con las haraposas faldas recogidas, chapoteando los pies en la alcantarilla mal oliente que corría por en medio de la calleja como un arroyo negro. Alguna de aquellas mujeres llevaba la colilla en la boca. Las ratas grandes, grises, corrían por encima del barro, y algunos chicos desnudos las perseguían á palos y á pedradas.
Habló Ortiz con la dueña de la tasca, y poco después apareció allá el sereno de las Cambroneras. Saludó á Ortiz, tomaron unas copas los dos, y el sereno dijo:
—Hablé con Paco el Cañí. Le conoce al Bizco. Dice que no anda por estos barrios. El cree que debe estar en la Manigua, en la California ó por ahí.
—Es muy posible. Bueno, señores, hasta la vista—y Ortiz se levantó y Manuel hizo lo mismo. Subieron á la glorieta del puente de Toledo, cruzaron el Manzanares y echaron á andar por la carretera de Andalucía. Por allá había ido á merendar días antes Manuel con Vidal y con Calatrava. Seguían los mismos grupos de randas en las puertas de los merenderos; algunos conocían á Ortiz y le invitaban á tomar una copa.
Llegaron á una barriada próxima al río, de chozas míseras, sin chimeneas, sin ventanas, con los techos formados por cañizos. Nubes de mosquitos se levantaban sobre las hierbas de la orilla.