Manuel, que comprendía el timo que estaba dando Bernardo, pensaba si no sería una obra de caridad advertirle á la rubia que su novio era un zascandil que no servía para nada; pero ¡quién le metía á él en esto!
Bernardo se llevaba la gran vida; paseaba, compraba alhajas en las casas de préstamos, jugaba en el Frontón Central. Si algo hacía en casa era dar disposiciones contradictorias y embarullarlo todo. Mientras tanto el padre, indiferente, guisaba en la cocina y se pasaba el día entero machacando en el almirez ó picando en el tajo.
Manuel iba á la cama tan cansado que se dormía en seguida; pero una noche en que no se durmió tan pronto, oyó en el otro cuarto á Bernardo que decía:—Voy á mataros—. ¿Le mata?—preguntó la voz del viejo de los ojos encarnados—. Espera—replicó el hijo—, me has interrumpido, y volvió á comenzar nuevamente la lectura, porque no se trataba más que de una lectura, hasta llegar otra vez al: Voy á mataros. En las noches siguientes continuó Bernardo leyendo con un tono terrible. Era este sin duda su único trabajo.
Bernardo no tenía más preocupación que su padre; lo demás le era completamente indiferente; le había sacado el dinero á su novia y vivía con aquel dinero y lo gastaba como si fuera suyo. Cuando llegaron la máquina y los demás artefactos de fotografía de Alemania, al principio se entretuvo en impresionar placas que reveló Roberto; pronto se aburrió de esto y no hizo nada.
Era torpe y bruto hasta la exageración; no hacía más que necedades, abrir la linterna cuando se estaban revelando las placas, confundir los frascos. Roberto se exasperaba al ver que no ponía ningún cuidado.
Mientras tanto adelantaban los preparativos de la boda, Manuel y Bernardo fueron varias mañanas al Rastro y compraron fotografías de actrices hechas en París por Reutlinger, despegaron de la cartulina el retrato y lo volvieron á pegar en otros cartones con la firma Bernardo Santín, fotógrafo, puesta al margen con letras doradas.
En Noviembre se celebró la boda en la iglesia de Chamberí. Roberto no quiso asistir, pero el mismo Bernardo fué á buscarle á casa y no tuvo más remedio que tomar parte en la fiesta. Después de la ceremonia fueron á comer á un café de la Glorieta de Bilbao.
Los comensales eran: dos amigos del padre del novio, uno de ellos militar retirado; la patrona en cuya casa vivía la novia, con su hija; un primo de Bernardo, su mujer y Manuel.
Roberto comenzó á hablar con la novia y le pareció muy simpática y agradable; hablaba muy bien el inglés y cambiaron los dos algunas frases en este idioma.
—Es una lástima que se case con esta mastuerzo—pensó Roberto.