En la comida uno de los viejos comenzó á soltar una porción de indecencias que hicieron ruborizar á la novia; Bernardo, que bebió demasiado, dió bromas á la mujer de su primo y lo hizo con la pesadez y la falta de gracia que le caracterizaba.
La vuelta de la boda á la casa, al anochecer, fué melancólica. Bernardo se sentía valiente y quería hacer graciosidades. Esther hablaba con Roberto de su madre que había muerto, de la soledad en que vivía.
Al llegar al portal se despidieron los invitados de los novios, y al ir á marcharse Roberto, Bernardo se le acercó y con voz apagada y débil le confesó que tenía miedo de quedarse solo con su mujer.
—Hombre, no seas idiota. Entonces, ¿para qué te has casado?
—No sabía lo que hacía. Anda, acompáñame un momento.
—Pues ¡vaya una gracia que le haría á tu mujer!
—Sí, le eres muy simpático.
Roberto contempló con atención á su amigo y no le miró la frente porque no le gustaban las bromas.
—Sí, hombre, acompáñame. Hay otra cosa además.
—¿Pues qué hay?