—Que no sé aún nada de fotografía y quisiera que vinieras una semana ó dos. ¡Por favor te lo pido!
—No puede ser, yo tengo que dar mis lecciones.
—Ven aunque no sea más que á la hora de comer. Comerás con nosotros.
—Bueno.
—Y ahora sube un instante, por favor.
—No, ahora no subo—, y Roberto dió media vuelta y se fué.
En los días posteriores Roberto fué á casa del recién casado y charló un rato con el matrimonio durante la comida.
Al tercer día entre Bernardo y Manuel retrataron á dos criadas que aparecieron por la fotografía. Roberto reveló los clichés que por casualidad salieron bien, y siguió acudiendo á casa de su amigo.
Bernardo continuaba haciendo la misma vida de antes de casado, dedicándose á pasear y divertirse. A los pocos días no se presentó á la hora de comer. Tenía una falta de sentido moral absoluta; había notado que su mujer y Roberto simpatizaban y pensó que éste, por seguir adelante y hacerle el amor á su mujer, trabajaría en su lugar. Con tal de que su padre y él viviesen bien, lo demás no le importaba nada.
Cuando lo comprendió Roberto, se indignó: