—Pero, oye tú—le dijo—¿Es que tú crees que yo voy á trabajar por ti, mientras tú andas golfeando? Quia, hombre.
—Yo no sirvo para estas porquerías de reactivos—replicó Bernardo malhumorado—, yo soy un artista.
—Lo que tú eres es un imbécil que no sirve para nada.
—Bueno, mejor.
—Es indigno. Te has casado con esa muchacha para quitarle los pocos cuartos que tenía. Da asco.
—Si ya sé yo que tú defenderás á mi mujer.
—No, hombre, yo no la defiendo. Ella ha sido también bastante idiota la pobre para casarse contigo.
—¿Eso quiere decir que ya no quieres venir á trabajar?
—Claro que no.
—Pues me tiene sin cuidado. He encontrado un socio industrial. De manera que ya sabes; yo á nadie le pido que venga á mi casa.