—No, es un filósofo de la escuela de Cándido. Ser cornudo y cultivar la huerta. Es la verdadera felicidad.

—¿Y tú que vas á hacer?—preguntó Alex irónicamente á Manuel.

—No sé; buscaré una colocación.

—Hombre, ¿ustedes conocen á un señor don Bonifacio Mingote, que vive en el tercer piso de esta casa?—dijo don Servando Arzubiaga, el hombre enjuto é indiferente.

—No.

—Es un agente de colocaciones. No debe tenerlas muy buenas cuando no se ha colocado él. Yo le conozco del periódico; antes era representante de unas aguas minerales, y solía llevar anuncios. Me habló el otro día de que necesitaba un chico.

—Véanle ustedes—replicó Alex.

—¿Tú no aspiras á ser grande de España, verdad?—preguntó don Servando á Manuel, con una sonrisa entre irónica y bondadosa.

—No, ni usted tampoco—dijo con desenfado Manuel.

Don Servando se echó á reir.