—¿Tú sabes escribir?—preguntó el señor Mingote al muchacho.
—Sí, señor.
—¿Con ortografía?
—Algunas palabras quizás no sepa...
—A mí me pasa lo mismo. Los hombres verdaderamente grandes despreciamos esas cosas verdaderamente pequeñas. Ponte á trabajar aquí—y puso una silla al otro lado de la mesa donde escribía el hombre amarillo—. Este trabajo—añadió—será el pago del servicio que te voy á prestar buscándote una colocación pistonuda.
—Señor Mingote—exclamó don Servando—, muchísimas gracias por todo.
—¡Señor don Servando! ¡Siempre á sus órdenes!—contestó el agente de negocios y de colocaciones revirando uno de los ojos que se le desviaba y haciendo una solemne reverencia.
Manuel se sentó á la mesa, tomó la pluma, la mojó en el tintero y esperó.
—Vete poniendo un nombre de estos en cada circular—le dijo Mingote dándole una lista y un paquete de circulares. La letra del agente era defectuosa, mal hecha, de hombre que apenas sabe escribir. La circular ponía lo siguiente:
LA EUROPEA
AGENCIA DE NEGOCIOS Y DE COLOCACIONES
DE
Bonifacio de Mingote