En ella se ofrecían á las diversas clases sociales toda clase de artículos, de representaciones y de colocaciones.

Se compraban á bajo precio medicamentos, carnes, hules, frutas, mariscos, coronas fúnebres, dentaduras postizas, sombreros de señora; se analizaban esputos y orinas; se buscaban amas de cría garantizadas; se proporcionaban apuntes de asignaturas de Derecho, de Medicina y carreras especiales; se ofrecían capitales, préstamos, hipotecas; se ponían anuncios monstruos, sensacionales, emocionantes, y todos estos servicios y otros muchísimos más se hacían por una tarifa mínima, ridícula de puro exigua.

Manuel se puso á copiar con su mejor letra los nombres en las circulares y en los sobres.

El señor de Mingote vió la letra de Manuel y, después de conceder su beneplácito, se embozó en el mantón, dió dos ó tres pasos por el cuarto y preguntó á su escribiente:

—¿Dónde íbamos?

—Decíamos—contestó con su gravedad siniestra el amanuense—que el Anís Estrellado Fernández es la salvación.

—Ah, sí; lo recuerdo.

De pronto el señor de Mingote, con voz de trueno, gritó:

—¿Qué es el Anís Estrellado Fernández? Es la salvación, es la vida, es la energía, es la fuerza.

Manuel levantó la cabeza asombrado y vió al agente de negocios con la vista desviada fija en el techo que accionaba terriblemente, como amenazando á alguien con su mano derecha armada del junquillo, mientras el escribiente garrapateaba veloz en el papel.