—Es un hecho, universalmente reconocido por la Ciencia—siguió diciendo Mingote en tono melodramático—, que la neurastenia, la astenia, la impotencia, el histerismo y otros muchos desórdenes del sistema nervioso... ¿Qué otras enfermedades cura?—añadió Mingote en su voz natural.

—El raquitismo, la escrófula, la corea...

—Que el raquitismo, la escrófula, la corea y otros muchos desórdenes del sistema nervioso...

—Perdone usted—dijo el amanuense—, creo que el raquitismo no es un desorden del sistema nervioso.

—Bueno, pues táchelo usted. ¿Ibamos en el sistema nervioso?

—Sí, señor.

—...Y otros desórdenes del sistema nervioso provienen única y exclusivamente de la atonía, del cansancio de las células. Pues bien—y Mingote levantó la voz con nuevos bríos—; el Anís Estrellado Fernández corrige esta atonía, el Anís Estrellado Fernández, excitando la secreción de los jugos del estómago, hace desaparecer esas enfermedades que envejecen y aniquilan al hombre.

Después de este párrafo, dicho con el mayor entusiasmo y fuego oratorio, Mingote se sacudió con el junquillo los pantalones y murmuro con voz natural.

—Ya verá usted cómo ese Fernández no paga. ¡Y aún si el anís fuera bueno! ¿No han mandado más botellas de la farmacia?

—Sí, ayer enviaron dos.