—¿Y dónde están?

—Me las he llevado á casa.

—¿Eh?

—Sí, me las prometieron; y como en la primera remesa usted arrambló con todas, yo me he permitido llevarme estas á casa.

—¡Dios de Dios! Está bien; es cogolludo... Que le envíen á usted unas botellas de un anís magnífico, para que venga otro con sus manos lavadas... ¡Dios de Dios!—y Mingote quedó mirando al techo con uno de los ojos extraviados.

—¿No le queda á usted ninguna?—dijo el amanuense.

—Sí, pero se me van á acabar en seguida.

Después comenzó otro párrafo elocuente, paseándose por el cuarto, accionando con su junquillo é interrumpiendo con frecuencia su discurso para lanzar un violento apóstrofe ó una cómica reflexión.

Al medio día el escribiente se levantó, se encasquetó el sombrero y se fué sin saludar ni decir una palabra.

Mingote, puso una mano sobre el hombro de Manuel, y paternalmente añadió: