—¿Y ahora qué hacemos?—preguntó la baronesa.
Mingote quedó pensativo. Si la baronesa le escribía á don Sergio, éste probablemente, ya escamado, podía acoger con duda la especie. Había, pues, que encontrar un procedimiento indirecto, darle la noticia por otra persona.
—¿Qué le parece á usted si fuera un confesor?—preguntó Mingote.
—¿Un confesor?
—Sí. Un cura que se presentase en casa de don Sergio y le dijese que en secreto de confesión le había usted dicho...
—No, no—interrumpió la baronesa—. ¿Y dónde está ese cura?
—Iría Peñalar disfrazado.
—No. Además don Sergio sabe que soy poco devota.
—Un maestro de escuela quizás sería mejor.
—¿Pero piensa usted que va á creer que me confieso con un maestro?