—No, el plan varía. El maestro va á ver á don Sergio y le dice que tiene un niño en su escuela, un prodigio de talento, pero cuya madre no le atiende. Un día le pregunta al prodigio:—¿Cómo se llaman tus padres, niño?—Y él dice:—Yo no tengo padres; mi madrina se llama la baronesa de Aynant. Entonces él, el pedagogo, viene á ver á usted y usted le contesta que está en una mala situación y que no puede pagar el colegio del chico, y que su padre, un señor acaudalado, no quiere ni conocerlo siquiera. El pedagogo evangélico le pregunta á usted repetidas veces el nombre del padre desnaturalizado; usted no se lo quiere decir, pero al último le arranca á usted el nombre de ese ser cruel. El pedagogo sublime dice:—Yo no puedo permitir el abandono de ese niño, de ese prodigioso niño, de ese extraordinario niño, y toma la determinación de ir á ver al padre de la criatura... ¿Eh? ¿Qué le parece á usted?

—La trama no está mal urdida, ¿pero quién va á hacer de maestro de escuela? ¿Usted?

—No, Peñalar. Viene pintiparado para el caso. Ha sido pasante de un colegio; ya lo verá usted. Hoy mismo le busco y le traigo aquí. Mientras tanto, arregle usted á Manuel. Que tenga cierto aspecto de colegial. En el tiempo que yo estoy fuera, no estaría de más que le enseñara usted algo de ciencia, las primeras preguntas y respuestas de la doctrina, por ejemplo.

Siguiendo las indicaciones de Mingote, la baronesa ordenó á Manuel que se peinara y se acicalara; luego buscaron para él un traje de marinero y un cuello grande y blanco; pero por más que le adornaron y le escamondaron no se consiguió darle un aspecto regular de hijo de familia; siempre trascendía á golfo, con sus ojos indiferentes y burlones y la expresión de la sonrisa entre amarga y sarcástica.

A las dos horas, Mingote estaba de vuelta en casa de la baronesa, con un hombre negro, de aspecto clerical. El hombre, apellidado Peñalar, habló con gran énfasis; luego, cuando le propuso Mingote el negocio, abandonando el tono enfático, discutió las condiciones de cobro y el tanto por ciento que le correspondería á él.

Vaciló en aceptar el trato por ver si obtenía mayores beneficios; pero viendo que Mingote no cedía, aceptó.

—Ahora mismo que venga el chico conmigo.

Peñalar se cepilló las mangas de la levita negra, se echó el pelo hacia atrás, y tomando de la mano á Manuel, le dijo con un tono verdaderamente evangélico:

—Vamos, hijo mío.

Don Sergio Redondo tenía un almacén de harinas en la plaza del Progreso.