El cuarto trascendía á comerciante implacable; se comprendía que aquella jaula debía de encerrar un pajarraco de mala catadura. Manuel se sintió amilanado. Peñalar quizás experimentó también un momento de debilidad, pero se creció, se atusó el pelo, colocó bien los lentes sobre su nariz y sonrió.

No tardó mucho en aparecer don Sergio. Era un viejo alto, de bigote blanco, con una mirada suspicaz lanzada de través por fuera de sus antiparras. Vestía levita larga, pantalones claros; en la cabeza llevaba un gorro griego de terciopelo verde, con una gran borla que le caía hacia un lado. Entró sin saludar, miró con desagrado al hombre y al muchacho, que se levantaron; quizás creyó que había descubierto el objeto de la visita, porque con voz seca, autoritaria y sin invitarles á que se sentaran, preguntó á Peñalar:

—¿Qué quería usted, caballero? ¿Era usted el que tenía que hablarme de un asunto de familia? ¿Usted?

Otro cualquiera hubiera sentido ganas de estrangular al viejo, Peñalar no; los casos difíciles eran los de su incumbencia, los que á él más le gustaban. Comenzó á hablar sin desconcertarse, con las miradas inquisitoriales del comerciante.

Manuel le escuchaba lleno de admiración y de espanto. Veía que el comerciante iba cargándose de cólera por momentos. Peñalar hablaba impertérrito:

El era una pobre alma cautiva, un sentimental, un idealista ¡oh!, dedicado á la enseñanza de la juventud, de esa juventud en cuyo seno se guardan los gérmenes regeneradores de la patria. El sufría mucho, mucho; había estado en el hospital; ¡un hombre como él! conocedor del francés, del inglés, del alemán, que tocaba el piano, un hombre como él, emparentado con toda la aristocracia del reino de León, un hombre que sabía más teología y teodicea que todos los curas juntos.

¡Ah! Esto no lo decía para vanagloriarse; pero él tenía derecho á la vida. Gómez Sánchez, el ilustre histólogo, le había dicho:—Usted no debe trabajar—. Pero tengo hambre.—Pida usted dinero—. Y por eso algunas veces pedía.

Don Sergio, en el colmo del asombro, ante aquel chorro de palabras, no intentó interrumpir á Peñalar; éste se detuvo, sonrió con dulzura, notó que la fuerza de la costumbre había llevado su discurso al tema constante del por qué pegaba sablazos, y comprendiendo que su elocuencia le arrastraba por un camino extraviado, bajo la voz y continuó en tono confidencial.

—Esta vida atrae de tal modo, á pesar de sus impurezas, ¿no es verdad, don Sergio?, que no puede uno desprenderse con indiferencia de ella. Y eso que yo creo que la muerte es la liberación, sí, yo creo en la inmortalidad del alma, en el dominio absoluto del espíritu sobre la materia. Antes no, lo confieso—sonriendo más dulcemente aún—, antes era panteísta y conservo no sé si de aquella época el entusiasmo por la naturaleza. ¡Oh, el campo!, ¡el campo es mi delicia!; muchas veces recuerdo aquellos versos del mantuano:

«Te, dulcis conjux, te solo in litore secum
te veniente die, te decedente canebat.»