¿A usted le gusta el campo, don Sergio? Sí le debe de gustar, con el talento que usted tiene.

La cólera de don Sergio, que iba agrandándose con la verbosidad incoherente de Peñalar, estalló en esta frase corta:

—El campo me revienta.

Peñalar quedó parado, con la boca abierta.

—Señor mío, señor mío—añadió el comerciante, levantando la voz iracunda—, si usted tiene mucho tiempo que perder, á mí no me pasa lo propio.

—No le he expresado á usted aún el motivo de mi visita—, dijo Peñalar y se quitó los lentes y se preparó á limpiarlos con el pañuelo.

—No, ni hay necesidad; me lo figuro, me lo figuro muy bien. Yo no doy limosnas.

—Caballero, señor don Sergio—y Peñalar se levantó con las gafas en la mano y paseó por el cuarto su mirada oscura de cegato—, está usted en un profundo error. No vengo á pedir una limosna, no son esos mis hábitos. Nadie podrá decirlo, vengo—y se coló los lentes con resolución—á cumplir un deber sagrado.

—Concluyamos. ¿Qué deber sagrado es ese? ¡Qué! Basta de farsas. La charlatanería me revienta.

—Permítame usted que me siente. Estoy fatigado—murmuró Peñalar con voz desfallecida—. ¿No nos oye nadie?