Don Sergio le miró como una hiena; Peñalar pasó por su ancha frente el pañuelo lleno de agujeros; luego, dirigiéndose á Manuel, que seguía sumido en el mayor estupor, le dijo:

—Haz el favor, mi querido niño, de salir un momento y esperarme.

Manuel abrió la puerta del despacho, y salió al almacén. Esta maniobra produjo un movimiento de extrañeza en don Sergio.

—Yo, caballero—dijo Peñalar al verse solo con el comerciante—, estoy dedicado á la enseñanza de la juventud.

—¿Que es usted maestro? Lo he oído.

—Estaba de pasante en el colegio del Espíritu Santo, cuando se me ocurrió establecerme por mi cuenta.

—Y ha perdido usted el dinero; bueno. ¿Y á mí todo eso qué me importa?—gritó don Sergio, golpeando la mesa con un libro.

—Perdone usted. Entre mis alumnos tengo este muchacho que acaba de salir de aquí, y que es un prodigio, un niño de unas facultades extraordinarias. Al notar la claridad de su inteligencia y la energía de su voluntad, me interesé por él; le pregunté por su familia, y me dijo que no tenía padre ni madre, y que una señora le había recogido en su casa.

—¿Y á mí qué?

—Espere usted, don Sergio. Fuí á ver á esa señora protectora suya, que es una baronesa, y la dije:—El muchacho á quien usted protege es digno de las mayores atenciones y de que se haga algo por su educación.—Su madre no tiene dinero y su padre que es rico, no hace nada por él—me contestó la baronesa.—Dígame usted quién es su padre, y le iré á ver.—Es inútil—replicó—, porque no conseguirá usted nada de él; se llama don Sergio Redondo.