Al decir esto, Peñalar se levantó, y contempló con la cabeza erguida á don Sergio, como el ángel exterminador puede mirar á un pobre réprobo. Don Sergio palideció profundamente, sacó el pañuelo, se frotó los labios, carraspeó. Se comprendía que estaba turbado.

Peñalar observó al viejo atentamente, y viendo que aminoraba en sus arrogancias, se sintió cada vez más evangélico y más moral.

—La baronesa—añadió—me dijo, y perdone la inquebrantable sinceridad mía, me dijo que era usted un egoísta y un hombre sin corazón; yo, á pesar de esto—sonriendo dulcemente y sintiéndose ya super-evangélico y super-moral—pensé: Mi deber es ir á ver á ese caballero. Por eso he venido. Ahora usted hará lo que su conciencia le dicte. Yo he cumplido con la mía.

Después de este párrafo, Peñalar nada tenía que decir y con la sonrisa de todo el martirologio en los labios cogió el sombrero, saludó ceremoniosamente y se acercó á la puerta.

—¿Y ese niño es el que estaba aquí?—preguntó en voz baja y vacilante don Sergio.

—El mismo.

—¿Y dónde vive esa mujer, esa baronesa?—exclamó el comerciante.

—Yo no puedo decirlo. Se lo preguntaré; si ella me lo autoriza, vendré con la contestación.

Y Peñalar salió del despacho.

—Vamos, hijo mío—le dijo á Manuel.