Al cabo de algún tiempo de oirle su charla desvergonzada repugnaba.
La preocupación de Mingote era ocultar su natural cínico, pero el cinismo suyo, por su fuerza de expansión, le salía fuera del alma, apuntaba en sus ojos y en sus labios y fluía libremente en sus palabras.
—Pierden el tiempo los que me insultan—decía tranquilamente—; á sinvergüenza no me gana nadie.
Y tenía razón. A veces se daba cuenta del mal efecto producido por alguna arlequinada suya, y se esforzaba entonces en presentarse como un Roldán ó un Cid de la corrección; pero al poco rato, por entre su coraza de puntilloso caballero aparecía la garfa del truhán.
—En cuestiones de honor, no admito distingos—decía el hombre cuando se sentía hidalgo—; usted me dirá: el honor es una martingala. Es verdad. Pero yo tengo esta desgracia; soy caballeresco por temperamento.
Mingote comulgaba en las ideas anárquico-filantrópico-colectivistas, algunas de sus cartas terminaba poniendo: Salud y Revolución Social, lo cual no era obstáculo para que intentase unas veces establecer una casa de préstamos, otras una casa de citas ó algún otro honrado comercio por el estilo.
Había hecho aquel ex prestamista una porción de ignominias con los compañeros de la dinamita y del ácido pícrico, sacándoles dinero, ya para dar un golpe y comprar bombas, ya para escribir un diccionario libertario en donde él, Mingote, desmenuzaría con su análisis formidable, más formidable que los más furiosos explosivos, todas las ideas tradicionales de esta estúpida sociedad.
Cuando Mingote hablaba de su diccionario, su desdén por la existencia, su mirada de iluminado, su melancólica actitud de hombre no comprendido, todo indicaba al genio de las revoluciones.
En cambio, al contar y especificar sus éxitos de agente de anuncios y de negocios, surgía el hombre moderno, el struggle for lifeur de la almoneda y de la casa de préstamos, de la droguería y de la perfumería.
—Yo—solía decir—hice la almoneda de la Chavito, yo le vendí la cuadra al marqués del Sacro-Cerro y el monte á la vizcondesa. Yo he lanzado el cataforético Pipot; el pectoral de sampaguita salvaje Alex; la pasta manícura de Chiper; la cataplasma eléctrica de Pirogoff; la harina pépsica de Clarckson; la auditina de Well; el corazón artificial de Tomás y Gil; el emplasto sudorífico de Rocagut, y, sin embargo, se ha hecho el vacío á mi alrededor.