Mingote suponía que Madrid entero se confabulaba contra él para no dejarle prosperar; pero él esperaba el momento bueno en que les daría en la cabeza á sus enemigos.
Sus mayores ilusiones se basaban en sus minas, que, á pesar de ser admirables, no tenía inconveniente en venderlas en lotes de poco dinero. Constantemente llevaba en el bolsillo piedras envueltas en papeles de periódico de sus minas de aquí y de allá.
—Esta—y Mingote mostraba un pedrusco—es de mis minas del Suspiro del Moro. ¡Qué muestra! ¿Eh? Es admirable. ¿Es verdad? De hierro... casi puro. Noventa y nueve y medio por ciento de hierro mineralizado. Esta otra es de calamina. Sesenta y ocho por ciento. Hay medio millón de toneladas.
Cuando se le descubría la mentira, no sólo no se incomodaba, sino que se echaba á reir.
La baronesa celebraba con carcajadas los proyectos de Mingote.
—Pero si no tiene usted minas, ¿cómo las va usted á vender?—le preguntaba.
—¡Ah!, no importa—replicaba Mingote—; se inventan; es lo mismo. En seguida que le demos el golpe á don Sergio, nos dedicamos á los negocios. Demarcamos una mina; depósito: trescientas, cuatrocientas pesetas, lo que sea; llevamos al terreno minerales de otra parte, y en seguida hacemos acciones: «Sociedad anónima del coto Prosperidad»; capital: 7.000.000 de pesetas; alquilamos una casa, ponemos una hermosa plancha de cobre con letras en la puerta y un criado con una librea azul: cobramos las acciones, y ya está hecho el negocio.
¿Creía Mingote en sus fantasías? Ni aun él lo sabía de cierto; aquel hombre se hallaba desconocido á sí mismo. Allá, dentro de su alma, encerraba la idea de un hado adverso que le impedía prosperar, por ser un sinvergüenza; porque habilidad tenía de sobra; sabía como nadie recibir á un acreedor y no pagarle; sabía adular y mentir; pero, á pesar de su mentir constante, era crédulo para los embustes ajenos como nadie.
Creía en las sociedades secretas, en la masonería, en los h... y en otra porción de mojigangas por el estilo.
En el peligro y en las situaciones graves, á pesar de la cobardía extraordinaria del ex prestamista, no le abandonaba nunca su ingenio; el soltar una gracia constituía para él una necesidad, y probablemente, empalado, con la soga al cuello, ó en las gradas del patíbulo, temblando de miedo, hubiera tenido que decir, entre castañeteos de dientes y convulsiones, alguna cosa chusca.