Reñía con todo aquel á quien no necesitaba, por cosas fútiles; vociferaba en los tranvías y teatros con cobradores y acomodadores, levantaba el bastón á los golfos, trataba desdeñosamente á todo el mundo, hacía proposiciones indecorosas á las mujeres delante de sus maridos ó de sus padres, y á pesar de esto no recibía más que raras veces las bofetadas ó los palos que otro cualquiera en su lugar recibiera.
Vanidoso y petulante, él mismo se reía de su petulancia. Cambiaba la sonrisa en gesto amenazador y el gesto amenazador en sonrisa; á veces sentía cierta especie rara y cómica de pudor y se ruborizaba, pero no se desconcertaba nunca.
El ex prestamista, á pesar de que su tipo no era nada agradable, tenía grandes éxitos con las mujeres. Se dedicaba á la ancianidad. Su táctica era rapidísima y expedita; á la primera semana ya pedía dinero.
Contaba las queridas á pares, cada una con dos ó tres pequeños Mingotes. Con ellas el ex prestamista había organizado un servicio de mendicidad maravilloso por medio de cartas, y como la agencia producía cada vez menos, gracias al dinero que traían las mujeres, vivían ellas, el gran Mingote y los pequeños Mingotes. Cuando le preguntaban por aquellas mujeres, el ex prestamista decía que constituían su servidumbre.
Este era Mingote, el maravilloso y peregrino Mingote, auxiliar y colaborador de la baronesa de Aynant.
El mismo día en que Manuel y el sublime pedagogo contaron los detalles de la visita á don Sergio, la baronesa y Mingote se pusieron en campaña. La baronesa alquiló un gabinete por unos días á una patrona del principal.
—¿Pero para qué hace usted eso?—la preguntó Mingote—. Cuanto en peor situación la vea á usted il vecchio será más espléndido.
—Yo le creía á usted más listo, Mingote—replicó fríamente la baronesa—. Si don Sergio me viera en este cuartucho indecente, me daría una limosna; de otro modo, ya veremos. Además déjeme usted á mí dirigir mis asuntos.
Mingote calló confundido. Indudablemente allí tenía que aprender.
La baronesa arregló el cuarto alquilado con gusto, mandó coser y planchar una de sus batas, y vistió á Manuel y hasta le dió polvos de arroz, con gran desesperación del chico. Todo preparado, Mingote escribió á don Sergio, il vecchio Cromwell, como le llamaba él, una tarjeta con la firma de Peñalar, dándole las señas de la casa.