Continuaba el viejo hablando de una manera insinuante, cuando se fué animando y comenzó á accionar con violencia.

—Ese abandono del muchacho es incalificable—decía.

—¡Incalificable!

—Sí, señora.

—Pero usted, ¿qué derechos tiene para hablar?

—Tengo derechos. Sí, señora.

La baronesa pareció asombrada de aquellas palabras, y replicó con vaguedades y excusas; luego se indignó, y levantándose del sofá con un gallardo ademán y tirando el libro al suelo acusó al iracundo Cromwell de todo lo malo que podía ocurrir al niño. El tenía la culpa de todo, por ser un avaro y un miserable.

Replicó á esto el terrible vecchio, en tono brusco, diciendo que para las mujeres livianas y gastadoras todos los hombres eran avaros.

—Si usted ha venido aquí—interrumpió la baronesa—á insultar á una mujer porque está sola, no lo consentiré.

Entonces vinieron las explicaciones del calcáreo anciano, el sincerarse, el ofrecerse...