—No necesito de usted para nada—contestó la baronesa arrogantemente—. No le he llamado á usted.

El marrullero vecchio juró y perjuró que no había ido allá más que á ofrecerle todo lo que necesitara y á pedir que le dejara costear los gastos de los estudios del muchacho. También deseaba verle un momento.

La baronesa se dejó convencer; pero advirtió al calcáreo que el niño creía que sus padres habían muerto.

—No, no tenga usted cuidado, Paquita—exclamó il vecchio.

Llamó la baronesa el timbre, y preguntó á la criada con indolencia:

—¿Está en casa Sergio?

—Sí, señora.

—Dígale usted que venga.

Entró Manuel confuso.

—Este señor quiere verte—dijo la dama.