—Ya sé, ya sé que eres un estudiante muy aprovechado—murmuró il vecchio.
Manuel levantó los ojos con el mayor asombro. Don Sergio dió unos golpecitos en la mejilla nada sonrosada del muchacho. Manuel quedó mirando al suelo, y se marchó, al darle la baronesa el permiso para salir.
—Es muy huraño—dijo la baronesa.
—Yo era igual á su edad—repuso don Sergio.
La dama sonrió maliciosamente. Manuel volvió á la alcoba y siguió observando la actitud de los dos; la baronesa se lamentaba de su falta de recursos; Cromwell se defendía como un león. Al terminar la conferencia, el calcáreo sacó su cartera y dejó unos billetes sobre el velador.
La baronesa le acompañó hasta la puerta.
—¿De modo, Paquita, que está usted contenta?—la dijo antes de marcharse.
—¡Contentísima!
—¿No siente usted que haya venido á verla?
—¡Ay, don Sergio! Me ha tenido usted muy abandonada. ¡Cuando es usted el único amigo de mi pobre padre!