—Bueno, Paquita, bueno. Sigues siendo una chiquilla.
La baronesa, para demostrar que era verdad esto, hizo unos cuantos arrumacos á Cromwell, y después, en tono indiferente, le pidió cincuenta pesetas.
—Pero...
—Si ya sé que me va usted á reñir. No crea usted que he gastado todo el dinero, ni mucho menos. Es que la verdad, un billete de quinientas pesetas no quiero cambiarlo, y como tengo que pagar una cuentecilla...
—Vaya, ahí va—. Y don Sergio con una sonrisa que quería ser amable, sacó la cartera del bolsillo y dejó un papel azul sobre la mesilla de noche; luego le pareció poco galante dar lo que le habían pedido y dejó otro.
La baronesa puso el candelero encima de los dos billetes, y después, acurrucándose entre las sábanas con voz soñolienta, murmuró:
—¡Ay, don Sergio, me vuelve el dolor de cabeza!
—Pues cúidate, hija, cuídate y no trabajes tanto.
Don Sergio salió de la alcoba, luego de cerrar el balcón, y se encontró con niña Chucha que volvía de la calle.
—No debes dejar que trabaje tanto tu ama—le dijo secamente—; se pone enferma.