Encontró Manuel un pretexto para salir de casa, y al momento Roberto se acercó á él.

—¿Estás en su casa?—le preguntó apresuradamente.

—Sí.

—Tienes que darle una carta.

—Bueno.

—A la tarde te la traeré. Se la das, y me dices qué cara pone al recibirla. No me contestará, ya sé que no me contestará; pero tú se la darás, ¿verdad?

—Sí, hombre, descuide usted.

Efectivamente, á la tarde Roberto siguió paseando por entre la nieve, bajó Manuel, cogió la carta y subió en seguida á casa.

Kate se divertía arreglando en aquel momento su armario. Tenía guardadas mil chucherías en varias cajitas; en unas, medallas; en otras, estampas, cromos, regalos del colegio y de su familia. Sus libros de rezos estaban llenos de recordatorios y de estampitas.

Manuel, con la carta de Roberto en el bolsillo, se acercó á la muchacha como un criminal. La Nena enseñó á Manuel todas sus riquezas, éste se sintió orgulloso. Manuel apenas se atrevía á tocar las medallas, las alhajas, las mil cosas que guardaba Kate.