—Esta cadena me la regaló mi tío—decía la colegiala—. Esta sortija es de mi abuelo. Este pensamiento le cogí en Hyde-Park, cuando estuve en Londres con mi tío.

Manuel la escuchaba sin decir palabra, avergonzado de tener la carta en el bolsillo. La Nena siguió enseñando nuevas cosas. Los juguetes de su niñez aún los conservaba; en su armario todo estaba clasificado con el mayor orden, cada cosa tenía su sitio. En algunos libros prensaba pensamientos y hierbas que luego copiaba y pintaba con una caja de acuarelas.

Manuel hizo dos ó tres veces un esfuerzo para hablar de Roberto, pero no se atrevió.

De pronto, después de carraspear mucho, balbuceó:

—¿Sabe usted?

—¿Qué?

—Roberto... aquel estudiante rubio de la otra casa... el que ayer estaba en el teatro... me ha dado una carta para usted.

—¿Para mí?—. Y las mejillas de Kate tomaron un tono rosado y sus ojos brillaron con más vivacidad que de ordinario.

—Sí.

—Pues dámela.