—Tome usted.

Manuel entregó la carta y Kate la escondió rápidamente en el pecho. Concluyó de arreglar su armario, y poco después se encerró en su cuarto. A los dos días, Kate le envió á Manuel con una carta para Roberto, y Roberto en seguida con otra para Kate.

Un día Kate fué con Manuel á su colegio, en donde había un Nacimiento, y á la ida y á la vuelta le acompañó Roberto. Hablaron los dos muchísimo; Roberto contó sus proyectos. Manuel pensó en que esto del amor es una cosa extraña. Para él no dijo Roberto nada que valiera la pena de oirse, y, sin embargo, Kate le escuchó con el alma en un hilo.

Roberto fué para Kate el colmo de lo respetuoso. Le habló con una gravedad tranquila, sin echárselas de jacarandoso ni de listo; ella le escuchó atenta.

Manuel fué confidente de Roberto y de Kate. Era la muchacha de un candor y de una inocencia inmaculadas, tenía una falta de comprensión para cosas de malicia extraordinaria. Manuel sentía verdadera sumisión ante aquella naturaleza aristocrática y elegante, tenía un sentimiento de inferioridad que en nada le molestaba.

La Nena le contó á Manuel las cosas que había visto en París, Bruselas, Gante; le habló de los parques de Londres, le deslumbró. En cambio, Manuel le contó á Kate detalles de la vida pobre madrileña, que á la colegiala le producían el más profundo asombro; las cuevas, las tabernas, los descampados; le habló de los chicos que se escapaban de sus casas é iban á dormir á los rincones de las iglesias, de los que robaban en los lavaderos; le describió las tiendas-asilos...

Manuel tenía cierta gracia para contar sus impresiones; exageraba y rellenaba con fantasías imaginadas los vacíos dejados por la realidad. La Nena le solía escuchar muy intrigada.

—¡Oh, qué miedo!—solía decir—; y sólo el pensar que aquella gente miserable de que Manuel hablaba podía rozarse con ella, le hacía estremecer.

Sentía la niña una repugnancia profunda por la gente de la calle; no quería salir los domingos por no andar entre hombres de blusa y soldados. Le parecía que la gente del pueblo debía ser mala. Desde que se encendían los faroles no le gustaba salir de casa.

Las conversaciones solían tenerlas al anochecer en un gabinete que daba á la calle, desde donde se veía la plaza de Oriente, como un bosque, y el Palacio Real en cuyas cornisas se posaban cientos de palomas que de día revoloteaban en bandadas. Como fondo se veía la Casa de Campo y el horizonte que se enrojecía al caer de la tarde...