En aquel momento el criadito galoneado entró y dijo que estaba Fernández. Fernández debía de ser persona de importancia porque la coronela se levantó al momento y se dispuso á salir.

—Anda, dale la ruleta, dijo el coronel á su esposa, y que enciendan las luces en la sala.—¿Que?—añadió el buen señor—, ¿quiere usted que hagamos una vaquita, baronesa?

—Ya veremos, coronel. Primeramente intentaré la suerte sola.

—Bueno.

Bailó otro tango Lulú y al poco rato apareció la coronela.

—Ya pueden ustedes pasar—dijo.

Las viejas fregonas se levantaron de sus asientos, y cruzando el corredor entraron en una sala grande con tres balcones. Había dos mesas allí, una de ellas con una ruleta, la otra sin nada.

Las tres viejas, la baronesa, el coronel y sus dos hijas se sentaron en la mesa de la ruleta, en donde estaban ya sentados el banquero y los dos pagadores.

—Hagan juego—dijo el croupier con una impasibilidad de autómata.

Giró la bola blanca en la ruleta, y antes de que se parara, el croupier dijo: