—¡No va más!

Los dos pagadores dieron con su rastrillo en los paños, para impedir que se siguiera apuntando.—No va más—repitieron al mismo tiempo con voz monótona.

Fué entrando gente poco á poco y se ocuparon las sillas colocadas alrededor de la mesa.

Al lado de la baronesa se sentó un hombre de unos cuarenta años, alto, fornido, ancho de hombros, de pelo crespo negrísimo y dientes blancos.

—Pero hijo, ¿tú aquí?—le dijo la baronesa.

—¿Y tú?—replicó él.

Era aquel hombre, primo en segundo ó tercer grado de la baronesa y se llamaba Horacio.

—¿No decías que te acostabas invariablemente á las nueve?—preguntó la baronesa.

—Y es una casualidad que haya venido aquí. Es la primera vez que vengo.

—Bah.