—Créeme. ¿Hacemos una vaca, prima?
—No me parece mal.
Reunieron el dinero de ambos y siguieron jugando. Horacio apuntaba según las órdenes de la baronesa. Tenían suerte y ganaban. Poco á poco se iba llenando el salón de un público abigarrado y extraño. Había dos aristócratas conocidos, un torero, militares. De pie se apretaban algunas señoras con sus hijas.
Manuel vió á la Irene, la nieta de doña Violante, al lado de un señor viejo con el pelo engomado, que jugaba fuerte. Tenía los dedos llenos de sortijas con piedras grandes.
Sentados en un diván hablaban cerca de Manuel un hombre viejo, de barba blanca, muy pálido y demacrado, con otro joven lampiño de aire aburrido.
—¿Usted se retiró ya?—decía el joven.
—Sí; me retiré porque no tenía dinero; si no hubiera seguido jugando hasta que me hubieran encontrado muerto sobre el tapete verde. Para mí esta es la única vida. Yo soy como la Valiente. Ella me conoce, y me suele decir algunas veces:—¿Hacemos una vaca, marqués?—No le daría á usted mala suerte—le contesto yo.
—¿Quién es la Valiente?
—Ahora la verá usted cuando empiece el bacarrat.
Se encendió la luz en la otra mesa.