Se levantó un viejo de bigote de mosquetero, con una baraja en la mano, y se apoyó en el borde de la mesa. Al mismo tiempo se le acercaron diez ó doce personas.

—¿Quién talla?—preguntó el viejo.

—Cincuenta duros—murmuró uno.

—Sesenta.

—Cien.

—Ciento cincuenta duros.

—Doscientos—gritó una voz de mujer.

—Ahí está la Valiente—dijo el marqués.

Manuel la contempló con curiosidad. Era una mujer de treinta á cuarenta años; vestía traje de hechura de sastre y sombrero Frégoli. Era muy morena, con una tez olivácea, los ojos negros, hermosos. Se cegaba en las apuestas y salía á los pasillos á fumar. Se notaba en ella una gran energía y una inteligencia clara. Decían que llevaba siempre revólver. No le gustaban los hombres y se enamoraba de las mujeres con verdadera pasión. Su última conquista había sido la hija mayor del coronel, la rubia gruesa, á la cual dominaba. Tenía una suerte loca algunas veces, y para mitigar sus amorosas penas jugaba, y ganaba de un modo insolente.

—Y ese hombre que no juega nunca y está siempre aquí, ¿quién es?—preguntó el joven, señalando un tipo de unos sesenta años, basto, de bigote pintado.