—Este es un usurero que creo que es socio de la coronela. Cuando yo fuí gobernador de la Coruña estaba pendiente de un proceso por no sé qué chanchullo que había hecho en la Aduana. Le dejaron cesante y luego le dieron un destino en Filipinas.
—¿En recompensa?
—Hombre, todo el mundo tiene que vivir—replicó el marqués—. En Filipinas no sé qué hizo que le procesaron varias veces, y cuando quedó libre, lo emplearon en Cuba.
—Querían que estudiara el régimen colonial español—advirtió el joven.
—Sin duda. Allí también tuvo líos, hasta que vino aquí y se dedicó á negocios de usura, y dicen que ahora no se ahogará por menos de un millón de pesetas.
—¡Demonio!
—Es un hombre serio y modesto. Hasta hace unos años vivía con una tal Paca, que era dueña de una tintorería de la calle de Hortaleza, y los dos salían á pasear los domingos por las afueras como gente pobre. Se le murió aquella Paca, y ahora vive solo. Es huraño y humilde; muchas veces él mismo va á la compra y guisa. El que es interesante es su antiguo secretario; tiene unas condiciones de falsificador como nadie.
Manuel escuchaba con atención.
—Ese sí que es un hombre—dijo el marqués, mirándole atentamente.
El observado, un hombre de barba roja y puntiaguda, de aire burlón, se volvió y saludó amablemente al viejo.