—Adiós, Maestro—le dijo éste.

—¿Le llama usted maestro?—preguntó el joven.

—Así le llama todo el mundo.

Lulú, la hija de la coronela, y otras dos amigas pasaron por delante del marqués y del joven.

—Qué moninas son—dijo el marqués.

Tomaba aquello un aspecto mixto de mancebía lujosa y garito elegante. No reinaba el silencio angustioso de las casas de juego, ni la greguería alborotadora de un burdel; se jugaba y se amaba discretamente. Como decía la coronela, era una reunión muy modernista.

En los divanes hablaban las muchachas con los hombres animadamente; se discutía, se estudiaban combinaciones para el juego...

—A mí esto me encanta—dijo el marqués con su sonrisa pálida.

La baronesa estaba mareada y sentía ganas de marcharse.

—Me voy. ¿Me acompañas, Horacio?—preguntó á su primo.