El primo Horacio empezó á quedarse á cenar en la casa y terminó quedándose después de cenar; niña Chucha protegía al berebere quizás por afinidades de raza y se reía enseñando los dientes blancos cuando venía don Sergio.

La situación era comprometida porque la baronesa no se preocupaba de nada; después de servirse de Mingote le había despedido dos ó tres veces sin darle un céntimo. El agente comenzaba á amenazar, y un día fué decidido á armar la gorda. Habló de la falsificación de los papeles de Manuel y de que aquello podía costar á la baronesa ir á presidio. Ella le contestó que la responsabilidad de la falsificación era de Mingote, que ella tendría quien la protegiese, y que en el caso de que interviniese la justicia el primero que iría á la cárcel sería él.

Mingote amenazó, chilló, gritó demasiado, y en el momento álgido de la disputa llegó el primo Horacio.

—¿Qué pasa? Se oye el escándalo desde la calle—dijo.

—Este hombre que me está insultando—clamó la baronesa.

Horacio cogió á Mingote del cuello de la americana y lo plantó en la puerta. Mingote se deshizo en insultos, sacó á relucir la madre de Horacio; entonces éste, olvidando á lord Bacon, se sintió berebere, levantó el pie y dió con la punta de la bota en las nalgas de Mingote. El agente gritó más y de nuevo el berebere le acarició con el pie en la parte mas redonda de su individuo.

La baronesa comprendió que al agente le faltaría tiempo para vengarse; no creía que se atrevería á hablar de la falsificación de los papeles de Manuel porque se cogía los dedos con la puerta, pero probablemente advertiría á don Sergio de la presencia del primo Horacio en la casa. Antes de que pudiese hacerlo, escribió al comerciante una carta pidiéndole dinero, porque tenía que pagar unas cuentas. Envió la carta con Manuel.

El viejo calcáreo, al leer la carta, se incomodó.

—Mira, dile á tu... señora que espere, que yo también tengo que esperar muchas veces.

Al saber la contestación, la baronesa se indignó: