Don Sergio dejó pasar la hojarasca de palabras y lamentaciones con que la baronesa trataba de sincerarse, y dijo:

—Este sistema de vida no puede seguir. Hay que tener método, hay que tener régimen; así no puede ser.

—Eso mismo estaba pensando yo—replicó la baronesa—. Sí, lo comprendo, á mí no me corresponde esa vida. Volveré á tomar otra casita de doce duros.

—¿Y los muebles?

—Los venderé.

¿Cómo decir que los había ya vendido?

—No, yo...—El calcáreo iba á hacer una observación de buen comerciante, pero no se atrevió.—Luego esas visitas tan frecuentes de su primo de usted no están bien—añadió.

—¿Pero si me persigue—murmuró con voz quejumbrosa la baronesa—qué voy á hacerle yo? Ese hombre tiene por mí una pasión loca; comprendo que es raro, porque ya á mis años...

—No diga usted esas cosas, Paquita.

—Pero nada; se ha convertido en mi duende. Pero ahora ya verá usted cómo no va á volver.