—¿No ha de volver? Volverá hasta que usted no se lo diga claramente...

—Si se lo he dicho, y por eso ya no volverá.

—Entonces, mejor que mejor.

La baronesa miró indignada á don Sergio; después tomó una actitud compungida.

Don Sergio planteó sus planes de regeneración y pensó que Paquita debía dejar á niña Chucha, á quien el viejo calcáreo detestaba cordialmente; pero la baronesa afirmó que la quería como á una hija, tanto ó más que á sus perros, que eran casi para ella como las niñas de sus ojos.

De pronto la baronesa se incorporó en el sofá.

—Tengo un plan—le dijo á don Sergio—. Dígame usted si le parece bien. En El Imparcial de ayer vi anunciada una finca ó casa en Cogolludo, con huerta y jardín, por cincuenta duros al año. Supongo que será cosa muy mala; pero, al fin, será un terreno y una choza, y á mí me basta con una cabañita. Podría ir arreglando esa choza. ¿Qué le parece á usted, don Sergio?

—Pero, ¿para qué te vas á marchar de aquí?

—Es que no se lo he querido decir—añadió la baronesa—; pero ese hombre me persigue. Y contó una porción de embustes. Se recreaba la buena señora haciéndose la ilusión de que el primo la perseguía tenazmente, y todas las cartas quien ella había escrito á él supuso que era él quien se las había escrito á ella.

—Y claro—siguió diciendo—, no es cosa de ir al fin del mundo huyendo de ese ridículo trovador.