—Pero Cogolludo no debe tener tren; te vas á aburrir.

—¡Quia! Allá me meto en mi choza como una santa y me entretengo en regar el jardín y cuidar las flores... pero soy tan desgraciada, que con seguridad ya habrán alquilado la casa.

—No, eso no. Pero yo no veo la necesidad de marcharse. El chico no podrá ir al colegio.

—Ya no tiene necesidad. Estudiará por libre.

—Bueno; alquilaremos esa casa.

—Si no, ese canalla me va á perseguir. Yo quisiera que le llevasen á la cárcel y le ahorcaran. ¡Ay, don Sergio! ¡Cuándo vendrá Carlos VII! No estoy por la libertad ni por las garantías constitucionales para los pillos.

—Vamos, vamos, mujer. Ya veremos si se arregla eso de la casa. Y alíviate pronto.

—Gracias, don Sergio; usted siempre tan fuerte. Es usted una roca... Tarpeya. Y sin saber dónde guardar el dinero. ¡Acuérdese usted de mí! Ya sabe usted que soy muy arregladita y que no pienso ni desperdicio nada.

Era lo mejor que tenía la baronesa, que se conocía á fondo.

Decididos á ir á Cogolludo, comenzaron á embalar los muebles entre niña Chucha y Manuel, cuando la mulata salió diciendo que ella lo sentía mucho, pero que se quedaba en Madrid en una casa.