—Pero hija, ¿qué vas á hacer?
La mulata, apurada á preguntas, confesó que un señor americano, un pequeño rastaquouere que sentía la nostalgia del cocotero, le había ofrecido el puesto de ama de llaves en su casa.
La baronesa no se atrevió á hablarla de moralidad, y el único consejo que le dió fué que si el americano no se contentaba únicamente con que ella fuera ama de llaves, que se afirmara bien; pero la mulata no era tonta, y había, según dijo, tomado todas sus precauciones para caer en blando.
Manuel quedó solo en la casa para terminar las diligencias necesarias para el traslado. Una tarde, de vuelta de la estación del Mediodía, se encontró con Mingote, que al verle echó á correr tras él.
—¿A dónde vas?—le dijo—; cualquiera hubiese dicho que huías de mí.
—¡Yo! ¡Qué disparate! Me alegro mucho de verle.
—Yo también.
—Mira, vamos á entrar en este café. Te convido.
—Bueno.
Entraron en el café de Zaragoza. Mingote pidió dos cafés, papel y pluma.