Después removió la tierra con un pincho y sembró á discreción garbanzos, habichuelas y patatas, sin enterarse de si era ó no el tiempo de la siembra. Luego pasó horas y horas sacando agua de un pozo profundísimo que había en medio del huerto, y como se desollaba las manos con la cuerda y además á la media hora de regar la tierra estaba seca, ideó una especie de torno con el cual se tardaba media hora en sacar un balde de agua.
A los quince días de estancia allí tomó la baronesa una criada, y cuando ya la casa estuvo limpia fué á Madrid, sacó del colegio á Kate y la llevó á Cogolludo.
Kate, como tenía un espíritu práctico, llenó unas cuantas macetas de tierra y plantó una porción de cosas en ellas.
—¿Para qué hace usted eso?—le dijo Manuel—, si dentro de poco estará todo esto lleno de plantas.
—Yo quiero tener las mías—contestó la niña.
Pasó un mes, y á pesar de los trabajos ímprobos de Manuel, no brotó nada de lo plantado por él. Sólo unos geranios y unos ajos puestos por la criada crecían, á pesar de la sequedad, admirablemente.
Los tiestos de Kate también prosperaban; en las horas de calor los metía dentro de la casa y los regaba. Manuel, viendo que sus ensayos de horticultura fracasaban, se dedicó con rabia al exterminio de las avispas, que en grandes panales de celdas simétricas, ocultos en los intersticios de las tejas, se guarecían.
Entabló con las avispas una lucha á muerte y no las pudo vencer: parecía que le habían tomado odio; le atacaban de una manera tan furiosa, que la mayoría de las veces tenía que batirse en retirada, expuesto á caerse del tejado lleno de picaduras.
Los entretenimientos de Kate eran más tranquilos y pacíficos. Había arreglado su cuarto con un orden perfecto. Sabía embellecerlo todo. Con la cama, cubierta por la colcha blanca y oculta por las cortinas; los tiestos, en la ventana, en los que empezaban á brotar las plantas; su armario, y los cromos en las paredes azules; su alcoba tenía un aspecto de gracia encantador.
Luego, era la muchacha de una bondad amable y serena.