—Los papeles los tengo yo guardados—dijo Manuel—; si espera usted aquí un momento, voy y se los traigo á usted en seguida.

—Bueno, aquí espero. ¡Qué infeliz es este muchacho!—murmuró Mingote—. Se figura que le voy á dar cincuenta duros. ¡Qué primo!

Pasó una hora, luego otra; Manuel no aparecía.

—¿Habré sido yo el primo!—exclamó Mingote—. Sin duda. ¡Me habrá engañado ese condenado niño!

Mientras esperaba Mingote, la baronesa y Manuel tomaban el tren.

Fueron á Cogolludo, y la baronesa se llevó el gran chasco. Creía que el pueblo sería algo así como una aldea flamenca y se encontró con un poblachón en medio de una llanura.

La casa alquilada estaba en un extremo del pueblo; era grande, con una puerta azul, tres ventanas chicas al camino y un corral en la parte de atrás. Debía de hacer más de diez años que no la habitaban. Al día siguiente de llegar la baronesa y Manuel la barrieron y fregaron. La baronesa se lamentaba amargamente de su resolución.

—¡Ay, Dios mío, ¡qué casa!—decía—. ¿Por qué habremos venido aquí? Y ¡qué pueblo! Yo había visto de paso algún pueblo de España, pero en el Norte, donde hay árboles. ¡Esto es tan seco, tan árido!

Manuel se encontraba en sus glorias; la huerta de la casa no producía más que ortigas y yezgos, pero él supuso que se podría convertir aquel trozo de tierra, seco y lleno de plantas viciosas, en un vergel. Se puso á trabajar con fe.

Primeramente escardó y quemó toda la hierba del huerto.