Alvarito le convidó a tomar con ellos un bocado; el sargento aceptó y se sentó a la mesa. El sargento formaba en el 5.º Batallón de Navarra, que se encontraba entonces entre Irurzun y Echarri Aranaz.

En su cabeza, un poco confusa, Alvarito encontró lejano parecido a Zamarra con el tipo del Patibulario del grupo de los Asesinos, de las figuras de cera de Chipiteguy.

Alvarito y Zamarra hablaron largo rato de la campaña. Zamarra no hizo más que contar barbaridades de los liberales y de los carlistas.

—Ya no se afusila —decía Zamarra, al parecer, con cierto sentimiento—. Al principio a todos los prisioneros los afusilábamos.

No solo se afusilaba, como decía el sargento, al principio, sino que se robaba, se violaba y se incendiaba. Esto era la guerra, la porquería abominable que decía Chipiteguy.

—¿Y los otros, los liberales —preguntó Alvarito—, fusilaban lo mismo que ustedes?

—Igual; quizá algo menos. Tenían más disciplina. Era el ejército regular. A nosotros no nos mandaba nadie. Hacíamos lo que queríamos.

En esto, sin motivo aparente, Ollarra se incomodó y dijo que le iba a dar dos bofetadas al sargento carlista, que le estaba molestando con su petulancia y su majadería. Afortunadamente, como no sabía bien el castellano, Ollarra se embrolló en sus explicaciones, y Manón intervino con tal habilidad, que el sargento no se enteró de las intenciones agresivas del joven salvaje.

Manón le dijo a Ollarra que el dueño de la venta le quería convidar a una copa y el muchacho se fue al mostrador.

Álvaro siguió hablando con el sargento. Le preguntó si en el 5.º de Navarra conocía al subteniente Bertache, y el sargento Zamarra le dijo que sí.