En todas partes era el mismo espectáculo: las calles sucias, las iglesias cerradas, los cementerios abandonados, llenos de zarzas y de cardos; en ninguna parte gente, todo silencioso, sombrío. Solo se oían de cuando en cuando las campanadas del reloj de la torre y los sonidos de los tambores y de las cornetas.
A mitad del camino de Echarri Aranaz se detuvieron Alvarito y Manón en una aldea, pueblecillo por donde había pasado toda la barbarie y toda la estupidez de la guerra. No era solo la necesidad estratégica de ataque o de defensa la que produjo el montón desordenado y confuso de tejados abiertos, paredes agujereadas, ventanas desvencijadas y caídas, con los cristales rotos; era más bien aquello la consecuencia de la brutalidad, del rencor y de los malos instintos de la fiera humana.
Entre el agrupamiento de construcciones derruidas encontraron una casa convertida en venta, en donde entraron a comer. La casa, grande, con señales de incendio, tenía paredes de ladrillo negras, muy altas, sostenidas por extraño equilibrio.
Por dentro, la venta era un gran hueco; desde la cuadra se veía el tejado. En un ángulo de aquel anchurón ruinoso, vacío como la nave de una iglesia, había una cocina grande, negra por el humo; la chimenea ocupaba casi la mitad de la cocina con su gran hogar; en medio colgaba un caldero por una cadena y alrededor hervían varios pucheros de barro.
Entraron Alvarito, Manón y Ollarra y se instalaron junto al fuego. El posadero se lamentó de que se marchara una media compañía de soldados de la aldea. Ya muchos de aquellos pueblos se hallaban en situación tan miserable que veían al soldado, no como a gente rapaz y dañina, sino como alguien a quien podían explotar.
La posadera preparó la comida a nuestros viajeros. Álvaro, con su catarro, tenía poco apetito.
Mientras comían entró un sargento, que les preguntó si tenían papeles. Se los mostraron.
—¿Adónde vais? —les preguntó luego.
—A Echarri Aranaz.
El sargento Zamarra, así se llamaba el recién llegado, era hombre todavía joven, con los ojos brillantes, la tez muy morena y los dientes de gran blancura. Zamarra hablaba con acento aragonés, aunque dijo había nacido en un pueblo navarro próximo a Tudela.