El muchacho pasó la noche febril estornudando y tosiendo. A cada instante tenía un sueño, que a penas le duraba un minuto, y en este tiempo imaginaba una serie de cosas confusas entre montes cubiertos de nieve y trozos de hielo.

Cuando despertaba comenzaba a pensar en la batalla contada por el viejo de la Venta Quemada. No podía apartar de su imaginación a los heridos y moribundos, gritando de noche, en medio de la nieve, y recordó varias veces la frase de Chipiteguy de que la guerra era una suciedad abominable. Y todo aquello, ¿para qué?

De las marchas y contramarchas, de las emboscadas y asechanzas, de los muertos en los rincones, de los gritos de los fusilados, de los incendios, de los planes de los generales, no había quedado nada. ¡Nada! Cosa terrible.

Sí; la guerra era una porquería abominable y una de las más grandes locuras de la humanidad, la más digna de figurar en La Nave de los Locos... pero aun así, a él le producía una gran curiosidad y una gran admiración.

II

EL VALLE DE ARAQUIL

Al tomar al día siguiente la carretera de Irurzun a Echarri Aranaz, el aire de país devastado se fue acentuando. La impresión de los pueblos era triste: no brotaba humo por las chimeneas de las casas, no se asomaba gente a las ventanas y portales, nadie trabajaba en las huertas.

Para Alvarito, que iba marchando febril, montado en su caballejo, con la cabeza pesada y dolorida, el campo y los pueblos tomaban las más extrañas perspectivas.

Muchas casas de aquellas aldeas se veían quemadas, los techos hundidos, las paredes sucias y negras, algunas ventanas cerradas, otras tapiadas con maderas, con ladrillos o hierba. Al asomarse al interior se advertían las cocinas ahumadas, sin blanquear; si quedaba en ellas alguna mesa o banco, salvados del incendio, aparecía negro de grasa o de vetustez.

En los campos no se araba con bueyes, y los aldeanos labraban la tierra con el azadón o la laya, mirando siempre hacia el camino, con recelo, por si aparecía alguna columna, que carlista o cristina era siempre enemiga. Los árboles se hallaban destrozados y desmochados; a cada paso se abrían zanjas y se cruzaban parapetos.