Álvaro y Manón decidieron descansar un momento. Desde aquellos altos se veía la llanura de Pamplona, verde, a la que bajaban caminos y senderos. Como marco a los campos de sembradura, ya brotados, aparecían los montes blancos, cubiertos de nieve. Alvarito comenzaba a tener la cabeza pesada y los ojos hinchados.

—¿Te has acatarrado? —le dijo Manón.

—Sí; creo que sí.

—Es la nieve —advirtió Ollarra—; no haciendo caso de esos catarros, se pasan en seguida.

Manón recomendó a Álvaro que montara a caballo, envuelto en dos mantas.

Siguieron el camino, pasaron por una aldea y se encontraron con un pelotón de lanceros cristinos, que abrevaban sus caballos. En las ventanas de algunas casas se asomaban los soldados con gorras de cuartel. Un cabo les salió al encuentro y les preguntó adónde iban.

—A Irurzun —respondieron, y les dejaron pasar.

Ya comenzaban a tomar el aire de la gente del país, envueltos en sus mantas, jinetes en sus caballejos.

Llegaron por la tarde a Irurzun. Preguntaron, al entrar en el pueblo, por la posada a un herrador y él mismo les acompañó. El herrador, hombre enorme, redondo, sonriente, con sonrisa cómicamente maliciosa, en medio del ir y venir de carlistas y de liberales, y en la lucha de los unos con los otros, vivía tranquilo, sin preocuparse de lo que pasaba fuera de su casa, dándole al martillo y encogiéndose de hombros ante los acontecimientos.

En la posada no había más que una cama libre y Manón decidió que se acostara en ella Alvarito. Este no quiso y protestó; pero a lo último se acomodó a ello.