—¿Y los recogieron?

—¿Quién iba a recogerlos? La mayoría murieron.

—¡Qué barbaridad!

—Al terminar la tarde, por toda la extensión de campo que se extendía ante los ojos se vio un gran número de hombres muertos y de caballos y regueros negros como caminos en todas direcciones, hechos por el paso de los soldados. De noche se oyeron lamentos y gritos en medio del campo. ¿Pero quién se aventuraba entre los barrancos, llenos de nieve? Al día siguiente volvió a nevar y no se vio ni se oyó nada.

—¡Qué asco de guerra! —murmuró Manón—. ¡Parece mentira que los hombres sean tan brutos!

Indudablemente pensó Alvarito era cosa brutal de animal carnicero morir y matar así sin piedad en medio de la naturaleza inclemente; pero también tenía su belleza el acabar con entusiasmo por una idea más o menos abstracta. Al menos, en el campo de batalla, el ambiente era limpio; no había la peste de la ciudad, formada por todas las vilezas del vivir amontonado de las gentes sedentarias.

Había salido el sol. Su claridad iluminaba las cimas de los montes y el fondo de los barrancos, llenos de nieve. En aquellas laderas de blancura inmaculada, la luz se descomponía en colores de arco iris. Las sombras de las nubes parecían como encajes negros dibujados en lo blanco. Las sombras azuladas de las personas y de los caballos se extendían largas con el sol bajo del crepúsculo. Los árboles y las chozas parecían negros.

Alvarito podía darse cuenta clara del terreno donde se había desarrollado la batalla entre Larrainzar, Ilarregui y las Ventas de Ulzama.

El viejo les mostró la piedra donde antes de comenzar la acción se celebró la misa y el sitio en donde el tío Tomás estuvo arrodillado oyéndola.

Al llegar a Ilarregui, el viejo de Venta Quemada se despidió, para volverse a su casa.