—¿Y qué era lo principal?
—¿Lo principal? Que tenía la columna de Elío preparada para cortar la retirada a las tropas de Mina. Si llega a conseguirlo, no queda un negro para contarlo.
—¿Y usted se hubiera alegrado? —preguntó Manón.
—Ahora... ya... no sé —dijo el viejo, encogiéndose de hombros.
—¿Y no pudo cortar la retirada a Mina? —preguntó Alvarito.
—No, porque el Esqueleto era un viejo lleno de marrullerías, y al saber que Elío se le acercaba a retaguardia, le escribió un despacho falsificado, como si fuera de Zumalacárregui, mandándole que inmediatamente dejara el camino de Pamplona al Baztán y se acercara a Larrainzar. Elío obedeció, dejando libre el paso del Baztán, y el Esqueleto se corrió por allí, llevándose sus heridos, que eran más de doscientos.
—Si no llega a pasar eso hay una catástrofe.
—Hubieran muerto todos los liberales. Mina perdió su tienda de campaña y dos burras de leche que le seguían. Tenía, según decían, una tos fuerte, y los médicos le habían recomendado ese remedio.
—¿Y no quedaron heridos en el monte?
—Muchos.