La taberna estaba atestada de soldados, la mayoría sucios, andrajosos y malolientes, con uniformes zurcidos, remendados con torpeza y con hilos de distintos colores y con las botas rotas, que dejaban salir los dedos de los pies. Algunos usaban alpargatas o abarcas. Muchos se componían la chaqueta o las medias con aguja e hilo, otros fumaban o jugaban a las cartas. Había dos muchachas entre los soldados, una de ellas claramente sifilítica, con granos en la cara y la nariz medio carcomida.
En un grupo se hablaba de la marcha de la guerra; se quejaban todos de que no se cobraban las pagas y se abominaba de los generales y de los hojalateros.
Bertache recibió muy ásperamente a Alvarito y a Manón, manifestando por su actitud su poca gana de charla; pero se humanizó cuando le convidaron a tomar café y una copa de aguardiente. Al olor del alcohol se desarrugó el ceño del oficial y mandó a la moza de la taberna que pusiera en la mesa una botella de caña.
Cuando le explicaron detalladamente a lo que iban y lo que buscaban, Bertache dijo que no sabía dónde estaba su hermano. Alvarito y Manón insistieron y Álvaro indicó que don Eugenio de Aviraneta le había recomendado a él.
Álvaro contó su viaje a Almandoz, su entrevista con la madre y la hermana de Bertache y cómo no pudo verse con Martín ni enterarse del paradero de Chipiteguy.
Ellos deseaban hablar con Martín y resolver la cuestión del rescate.
—¿Y vosotros lleváis ahí el dinero para el rescate? —preguntó Bertache con un resplandor en la mirada.
—Aquí, no —respondió Manón—; pero está depositado en Bayona.
—¿Cuánto es?
—Treinta mil francos.