—¡Demonio! Es buena cantidad. ¿Y la darían en seguida?
—Al momento.
—Es lástima; el caso es que yo no sé dónde está Martín.
Después Bertache se puso a hablar de los asuntos carlistas, que, según él, iban de mal en peor.
Bertache se manifestó irritado contra todo el mundo. El subteniente temía haber trabajado para otros; no sabía para quién, y esto le ponía frenético y fuera de tino. La idea de ser instrumento en manos ajenas le indignaba.
—Están jugando con nosotros —gritó varias veces con furor.
Por encima de su avidez de dinero, una sorda irritación contra la humanidad, un fondo de exasperación y de rabia le hacía desear a Bertache las mayores catástrofes. No sabía si odiaba más a los carlistas que a los liberales, a los españoles que a los franceses, a los vascos que a los castellanos. Se consideraba con motivo para desear el mal a todo el mundo. Hubiera querido ser una plaga, un azote, una calamidad pública.
Volviendo a la cuestión de Chipiteguy, Bertache suponía que su hermano y Malhombre habrían tomado muchas precauciones para que el viejo no se les escapara.
—Me parece que Martín debe estar en Estella —concluyó diciendo Bertache.
—¿Y cree usted que andará por allí también Chipiteguy?