—Me figuro que no. Supongo que al viejo, Martín lo habrá llevado hacia Elizondo o hacia Urdax y lo habrá metido en algún rincón seguro.
Se despidieron Alvarito y Manón de Bertache y al volver a la posada decidieron ir a Estella. Allí decían que se encontraba el Batallón del Requeté, en el que era oficial René Lacour, el pariente de Max Castegnaux.
Alvarito, que seguía febril, se acostó temprano. Durmió mal. Soñó que se hallaba en la cocina negra de una casa ruinosa. Se veían en ella, con toda clase de detalles, distintos utensilios de cobre, de hojadelata y de loza. La cocina se hallaba iluminada por una ventana y desde esta se veía batirse a soldados rígidos, como si fueran de plomo, que caían en largas filas y se desplomaban como muñecos.
Dentro de la cocina, unos aldeanos desharrapados e insinuantes indicaban a Alvarito que saliera al campo. Pero, ¿cómo salir? Custodiaba la puerta una guardia enemiga. Era indispensable presentar documentos para pasar y él no los tenía.
—Tome usted —decían los aldeanos—. Esto le servirá de documento. Y le daban un papel cualquiera, un pedazo de periódico viejo, lo que a Álvaro le indignaba profundamente.
De pronto, por la ventana comenzaba a penetrar una columna de humo denso e irritante que le hacía toser. Sentía necesidad de salir a respirar. Se presentaba a la guardia enemiga y pasaba por un arco como el de una puerta de las murallas de Pamplona.
Los centinelas le detenían y perezosamente le decían con voz suave y baja:
—No se puede avanzar. Hay esa orden.
Entonces él daba media vuelta, cruzaba un campo con árboles, agitados locamente por el viento sobre un fondo de montañas nevadas, veía una calle estrecha de ciudad y avanzaba por ella jadeante, hasta meterse en un portal. Luego comenzaba a subir unas escaleras que no terminaban nunca; hala, hala, y llegaba a la taberna de la cantinera, donde Bertache le miraba con aire amenazador.
Después Bertache, ayudado por el sargento Zamarra, con un hacha iba cortando la cabeza a unos cuantos muñecos...