—¿Y tu madre, cuántos hijos naturales tiene? —preguntó Ollarra al soldado.

La pregunta hubiera producido una riña a no ser porque muchos la tomaron a broma.

—Si buscáis a papá Lacour —dijo un cabo—, preguntad cerca de Abárzuza y allá os darán razón.

Efectivamente, antes de llegar a Abárzuza se encontraron con un grupo de carlistas, entre los que andaba un fraile gordo y pesado, con los ojos brillantes, que pretendía sacar dinero a aquellos soldados harapientos.

Preguntaron a un oficial por Lacour.

—Ahora voy a verle. ¿Qué hay que decirle? —indicó.

—Dígale usted —contestó Álvaro— que aquí hay un pariente suyo francés.

—Muy bien; se lo diré.

Media hora más tarde apareció un militar grueso, rojo, canoso, de cabeza gorda, con bigote y perilla y uniforme remendado de capitán. Era papá Lacour. Lacour preguntó con voz ronca:

—¿Quién me llama? ¿Quién es ese pariente mío que pregunta por mí?