Alvarito saludó al militar y le explicó cómo Chipiteguy había desaparecido, cómo se creía que un hermano del teniente Bertache le tenía secuestrado y cómo él, con el nieto de Chipiteguy, iba buscándole, para ver de rescatar al viejo.

—¿Pero dice usted nieto? —exclamó Lacour—. Chipiteguy no tiene nieto; tiene una nieta, por cierto una chica muy mona y muy simpática.

Alvarito se acercó a papá Lacour, y como le pareció un buen hombre, hablándole en francés, dijo:

—Este muchachito que viene conmigo es la nieta de Chipiteguy.

—¿De verdad? ¿Manón?

—La misma. Viene disfrazada de chico. Creo que no conviene que esta gente lo sepa.

—No, no lo sabrá. Vayan ustedes a Abárzuza y pregunten por el alojamiento del capitán Lacour. Yo ahora no les puedo acompañar, porque tengo que hacer.

Siguieron las indicaciones del militar. Se acercaron al pueblo y llegaron a una casa muy limpia y muy arreglada. Una mujer salió a preguntarles qué deseaban, y al saber que buscaban a Lacour, les hizo pasar y sentarse.

Ollarra dejó en la cuadra las caballerías. Hubo un ligero conflicto, porque Chorua, que seguía a Ollarra, se vio amenazado por un perro de lanas muy feo, que le ladró hasta ahuyentarlo.

—Basta, Flin Flan, basta —dijo la mujer—. Sin duda el perro de la casa se llamaba así y estaba indignado al ver la intromisión de un extraño.